
Tal día como hoy de hace 756 falleció Fernando III el Santo.
Aquí yace el muy honrado Rey Don Fernando, señor de Castilla y de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia y de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, el más verdadero, el más franco, el más esforzado, el más apuesto, el más granado, el más sufrido, el más humilde, el que más temió a Dios, el que más le sirvió, el que derrotó y destruyó a sus enemigos, el que elevó y honró a sus amigos, el que conquistó la ciudad de Sevilla, que es cabeza de toda España.|
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Fernando III nació cerca de Zamora, es el rey que unifica
definitivamente los reinos de Castilla y León (que hasta entonces se habías
unido y separado varias veces) y el que da uno de los impulsos más importantes
a la Reconquista,
ocupando entre 1236 y 1248 todo el valle del Guadalquivir, incluidas las
importantes plazas de Jaén, Córdoba y Sevilla.
La toma de Sevilla fue una larga campaña militar, salpicada
por episodios legendarios (se cuenta que Fernando III tuvo una visión de la Virgen anunciándole la toma
de Sevilla; que en cierta ocasión se introdujo sólo y disfrazado en la ciudad
para estudiar sus defensas desde dentro; o que, por hacer cosido con sus manos
un estandarte con la imagen de la
Virgen que una flecha enemiga había roto, el gremio de
sastres le recibió como maestro). Al final, el 23 de noviembre de 1248, el
último caudillo musulmán de Sevilla, Abul Hasan (Llamado Atafax en las crónicas
cristianas), entregó a Fernando III las llaves de la Sevilla.
A partir de entonces, y hasta su muerte cuatro años después,
el rey don Fernando reorganizó y cristianizó la ciudad. Le concedió el Fuero de
Toledo, fundó conventos y parroquias y realizó el repartimiento de las casas y
tierras entre sus caballeros.
Fernando III muere en el Alcàzar de Sevilla en 1252, y es enterrado en la vieja
mezquita mayor, ya convertida en Catedral.
La ciudad siempre veneró la memoria del rey Fernando, considerado el refundador
cristiano de Sevilla, en cuya figura se aunaban el guerrero, el legislador y el
hombre de fe. Esa veneración llegó a su máximo a partir de la canonización del
rey en el siglo XVII. Desde entonces, en San Fernando, la ciudad tuvo no sólo
un símbolo, sino un santo patrón y protector.
SU HUELLA EN LA CIUDAD.
El viejo Alcázar árabe (del que hoy quedan pocos vestigios)
fue el lugar en que residió San Fernando desde la conquista, y el sitio en que
falleció.
Para cristianizar la ciudad, San Fernando, tras la conquista, fundó parroquias
y conventos, se modo que al Santo Rey se le atribuye la fundación de los
templos antiguos de la ciudad (algunos con más fundamento que otros). Entre
otros, fundación fernandina parecen ser el monasterio de San Clemente (en honor
del Santo del día de la conquista) el antiguo convento de la Merced (hoy Museo de Bellas
Artes) o el convento dominico de San Pablo (hoy parroquia de la Magdalena).
La imagen de San Fernando siempre ha sido un símbolo de la ciudad. El Pendón de
Sevilla, del siglo XV es un paño carmesí con la imagen bordada del Santo Rey
sobre un trono. En el escudo de la ciudad está también representado San
Fernando, flanqueado por San Isidoro y San Leandro, por lo que su imagen
aparece en edificios públicos, membretes oficiales, mobiliario urbano, etc.
En la Plaza Nueva,
frente al Ayuntamiento, se alza una estatua ecuestre de Fernando III. Su imagen
aparece también por la ciudad, en relieves, azulejos, retablos o pinturas.
La
inteligente diplomacia de Berenguela, el carácter conciliador de
Fernando y el clima de optimismo, generado por la victoria sobre los
musulmanes en las Navas de Tolosa (1212) suavizan las
reservas iniciales que su llegada al trono había suscitado entre los
castellanos. El reino de León es cedido por Alfonso IX a Sancha y Dulce,
hijas de un matrimonio anterior. Fernando y Berenguela logran en 1230
que Dulce y Sancha renuncien al trono, a cambio de un pago anual de
30.000 maravedíes. Berenguela desempeña un rol consultor activo en el
reinado de Fernando.
Una vez resueltas las divisiones internas castellanas, Fernando contrae matrimonio el 30 de noviembre de 1219 con Beatriz de Suabia, nieta del emperador alemán Federico I Barbarroja, y une de este modo, la casa de Castilla con los principales representantes del partido gibelino.
Tres días más tarde es ordenado caballero en el monasterio de las
Huelgas. El camino está expedito para relanzar las labores de conquista
de los territorios musulmanes, aprovechando el clima de euforia
desatado por la victoria de las Navas y la debilidad del poder árabe
peninsular.
En
1224, la Curia de Carrión decide adjudicar todos los recursos
necesarios para la lucha contra los musulmanes, iniciándose un período
de numerosas e importantes conquistas militares. Así, en 1236 se toma
Córdoba, una conquista que va más allá de lo puramente militar por el
carácter simbólico de la antigua capital del califato. La situación de
prosperidad económica que vive el reino posibilita el lanzamiento de
constantes campañas militares, con lo que las conquistas se suceden.
Caen sucesivamente Chillón, Almodóvar, Lucena, Aguilar, Écija, Osuna y
Estepa. En 1243 toma Murcia; en 1245 conquista Jaén.
Tras
conquistar buena parte del sur peninsular, la preocupación de Fernando
III será ahora asegurar el control sobre los territorios conquistados y
organizar y estructurar, bajo el patrón del asentamiento castellano,
tanto los recursos como el espacio anexionados. Para lograr
cumplimentar este doble objetivo, se dispone a organizar un ataque
contra el norte de África y establece un sistema de reparto entre
caballeros y peones cristianos, de las tierras y bienes tomados a los
musulmanes. La preocupación de Fernando es asegurar la subsistencia de
los nuevos pobladores.
Casado en segundas nupcias con doña Juana, hija del conde de Ponthieu, de sus dos matrimonios nacen trece hijos. Fernando III mandó traducir al castellano el "Liber Iudiciorum", conocido como "Fuero Juzgo", y durante su reinado se erigieron las catedrales de Burgos en 1221 y Toledo
en 1226. Ya en sus tiempos, su mandato fue considerado modélico, pues
logró restringir de manera notable el dominio musulmán en la península
Ibérica y establecer medidas políticas y económicas que mejoraron las
condiciones de vida de sus súbditos. La muerte le sorprendió el 30 de
mayo de 1252, mientras preparaba una expedición contra el norte de
África.