ZP estuvo sobrado en su mismidad: la nada, el humo. Nadie, ni propios ni extraños, le presta atención cuando balbucea sus recetas Alicia, o como sucediera en Bucarest, que no hace falta que abra la boca para que no le hagan puñetero caso. A excepción de la Barranco en Bellas Artes, que lloraba a moco oyéndole defender el canon, ese prodigio de estafa a todos para favorecer a los enchufados del poder -claro, que hay actrices tipo Hollywood que lagrimean con el mismo frenesí en las exposiciones caninas cuando su caniche con lacitos levanta la pata-.
La verdad es que ZP, que por dos veces ha llegado en estado vampírico –la sangre tiñendo la jornada de reflexión y sus colmillos prestos al banquete- a la Presidencia del Gobierno, esta vez nombró mucho por sus seis letras a España y le dio un revolcón al de Ezquerra, antaño su comensal predilecto. Y los mandobles al líder de la oposición fueron más suaves, quizá temiendo que el perfecto caballero que tiene enfrente se convierta en una dama de hierro más incómoda. Las mentiras las mismas, qué se le va a hacer si no distingue la verdad, o le da lo mismo que le da igual; no la pone en valor ni los que le han votado tampoco, ya que un pavoroso ochenta por ciento de los españoles certifican que Zapatero les miente una vez sí y otra también. Si Fernando VII llegó al trono tras la guerra más cruel, y la que se llevó por delante a un número mayor de españoles, y luego pasó a la historia como El Rey Felón, este sujeto al que le damos otros cuatro años será recordado como El Presidente Embustero.
Pero es que ayer no le importaba a nadie la soporífera matinée. Todos querían oír al árbol caído, Don Mariano, para hacerle astillas o para reconocerle que solo gracias a él el Parlamento mantiene su dignidad. Esa institución que fue piedra angular de la democracia y que va dando sus últimos estertores en la sociedad de la información y los medios. Que ya nada se dirime en el edificio de los leones y empieza a resultar un teatro muy oneroso, para uso exclusivo de las élites de la partitocracia de escándalo que sobrellevamos con nuestros impuestos. Pero llega Don Mariano, y todo cobra sentido otra vez: los pactos de caballeros, la defensa de los valores comunes, la unidad de la nación de hombres libres e iguales, la administración sensata de los bienes de todos, la jugada sin trampa ni cartón sea con el terrorismo, el agua, los estatutos, las necesidades sociales, o la tantas veces prostituida palabra solidaridad –que se trata de que los que tienen más ayuden a los que tienen menos, y no al revés como la practica ZP. Es alucinante que tengamos que explicar esto…-
Hasta el propio candidato Rodríguez quería que Don Mariano le diera el discurso de investidura, le pedía programas de gobierno. “¡Ya me gustaría a mí, pero no he ganado…!” Tuvo que espetarle con más herida que sorna el gallego. Y es que todos, los que le han votado y los que no, incluso el inquilino de la Moncloa, saben que de este lío en el que estamos metidos los únicos capaces de sacarnos han sido arrojados fuera. Y a poco que nos descuidemos no estarán ni en el poder ni en la oposición. Que los más capaces se irán a casita o al exilio. A mayor gloria de los vampiros, los caniches y las Barrancos.