lunes, 10 de diciembre de 2007
MI QUERIDO HERMANO
Comenzó a propalarla Pilar Manjón -el juguete roto que necesitaban para el cierre bochornoso de la Comisión del 11-M, papel al que se prestó entusiasta y cuya relevancia añora- con el peregrino argumento de que en Interior los hermanos no están reconocidos como víctimas a los efectos de percibir indemnizaciones, ergo no son víctimas con derecho a asociarse y menos a presidir la AVT aunque tengan el respaldo del noventa por ciento de sus compañeros, que a su vez son el noventa por ciento de las víctimas del país.
Ahora hasta un presentador picado de virulento acné añejo, y que se caracteriza por carroñear en las huestes del Gran Hermano -¡paradojas!- o cualquier pútrido conflicto de alcoba irrelevante, se permite utilizar un tono escandaloso de sepulcro blanqueado ante la “ignominia” de que - ¿cómo se tolera?- los hermanos puedan afiliarse a la AVT. Pues bien, la AVT es la única asociación de víctimas de este país en la que se exige ser víctima. Y los hermanos, oiga, han sido y son esenciales en la lucha contra el terror. Y, mire usted, esos sí son grandes hermanos.
Hoy que la Carta Magna de los Derechos Humanos cumple años en su papel mojado internacional y que el Tribunal de Estrasburgo –que actúa en nombre de esos derechos- ha admitido a trámite el recurso de los asesinos contra la ilegalización de Batasuna, la repugnancia de las maniobras del ejecutivo que capitanea José Luis Rodríguez Zapatero contra las víctimas se nos hace más intolerable.
Al igual que es imposible escribir la historia de la lucha por la “memoria, la dignidad y la justicia” de las víctimas contra el terror nazi, sin la aportación de Primo Levi -al principio tan solitaria y amarga-, el movimiento de las víctimas contra el terror nazional socialista vasco empezó su firmeza irreductible actual con la figura de Consuelo, la hermana de Gregorio Ordoñez. Siempre la recordaremos de pie, bajo un paraguas, con otros cuatro o cinco amigos, frágil y descomunal al mismo tiempo, desafiando a una sociedad empecinada en negar la evidencia del terror y acostumbrada a mirar a otra parte ante el tiro en la nuca y las extorsiones cotidianas: “Estos miserables no me echarán de mi tierra”.
Siguió con Mar Blanco, que era una cría temblorosa recién aterrizada de los estudios ingleses que ya nunca podría terminar y cuya resuelta determinación contra la banda nos la ha convertido en una referencia potente y luminosa –su alocución de la última mani fue extraordinaria- y que mantiene con firmeza la antorcha por la libertad que el monstruo de la serpiente prendió en España al asesinar a su hermano Miguel Ángel.
Y destaquemos también a Mayte Pagazaurtundúa, que la ejecución de su hermano sirvió en la subasta entre su partido, el PSOE, y la ETA, cuando había que palpar la negociación incipiente y aún estaba el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo rezumando tinta fresca; ella, tiene una papeleta difícil, un terreno arduo por el que transitar y una madre a la que se le hiela la sangre ante la traición de los suyos, pero trabaja incansablemente.
Y, por supuesto, está nuestra Teresa Jiménez Becerril, que junto a su hermano Alberto perdió a su cuñada Ascen, y que ha levantado con su voz ronca uno de los mensajes más claros, diáfanos e insobornables de todo el movimiento, enarbolando las flores por la paz que Ascen llevaba cuando fue asesinada pero no confundiendo esa hermosa palabra: que paz no es posible sin justicia, que paz no es posible sin derrota, que paz no es Paz sin democracia, libertad, Estado de Derecho y dignidad.
En medio de estas mujeres, aparece Mikel Buesa, hermano de Fernando, que tuvo el arrojo de oponer el himno nacional al totalitarismo fanático, de convocar la manifestación más numerosa desde la muerte de Franco y de clamar a los cuatro vientos que la democracia nunca ha llegado a las Vascongadas; tras sus gafas de concha, la mirada de la izquierda que no se traga la milonga de llamarle Izquierda Abertzale a los nazis sanguinarios.
La palabra fraternidad nunca tuvo mayor sentido. Hay muchos más. El movimiento de las víctimas no habría sido posible sin ellos. La Audiencia Nacional juzga a Francisco José Alcaraz, El Hermano, y permite que siga suelto el asesino de cinco miembros de su familia, Josu Ternera –que para escarnio de nuestra democracia fue titular de Derechos Humanos en el Parlamento vasco-. Una sociedad que les niega a estar personas el pan y la sal, es una sociedad enferma. Porque todos somos víctimas, y no sólo potenciales: estos son mis hermanos, mis más queridos hermanos. Ellos encarnan la auténtica defensa de los derechos humanos, resumida en la palabra clave de Primo Levi: ¡Resistencia!

