sábado, 27 de octubre de 2007
Se celebra en Roma la beatificación de 498 mártires españoles del siglo XX. “Mártir”, según el diccionario de la lengua española, es la persona que padece muerte por amor de Jesucristo y en defensa de la religión cristiana. En resumen, un testigo de la fe.
Por ello la Iglesia Universal, que somos todos los creyentes, acoge con gozo un acto de tan profundo significado espiritual. Y ninguno de sus miembros desearía que, por causa de unos u otros, pudiera convertirse en otra cosa. Sin embargo, desde el mundo del pensamiento español, se vienen sembrando ideas y extendiendo versiones que no pueden más que generar confusión en la sociedad, división entre sus ciudadanos e incluso, enfrentamiento entre ellos. Parece que subyace la intención de presentar ante la opinión pública un acto de contenido exclusivamente religioso como un acto de intencionalidad política más o menos encubierta. Ante esta situación sería preciso por el bien de todos realizar un gran esfuerzo clarificador que, a mi juicio, correspondería fundamentalmente a la jerarquía eclesiástica.
Desgraciadamente no ha sucedido así, pues frente a los que cumpliendo su misión evangélica se han esforzado en este empeño, otros, con sus declaraciones desconcertantes, y algunas veces desviadas incluso de las enseñanzas de la propia Iglesia y del Magisterio de los Papas, han sembrado aun más confusión entre los fieles y dado pie a los no creyentes a dar como ciertas las sesgadas versiones propagadas por los enemigos de la fe. Este panorama tan desolador de la propia Iglesia hace pensar que la jerarquía esta dividida entre los que siguen el mensaje de Jesús, de pura espiritualidad, de amor sin reservas, y de los que se mueven más en el ámbito temporal, tan condicionado por las decisiones políticas.
Desde la insignificancia de un simple creyente del montón –un tanto descreído- trataré de suplir ese vacío clarificador intentando, con esta pequeña aportación, y huyendo de toda polémica, contribuir a la recuperación de la memoria de nuestros mártires, de los que tenemos obligación de sentirnos orgullosos.

¿QUÉ ENTIENDE LA IGLESIA POR MÁRTIR?
Mártir no es el que sufre tormentos o torturas. No es la forma de muerte lo que convierte en mártir a un creyente. Mártir es aquel que es privado de la vida, en cualquier forma, a causa de su fe. Y una muestra indudable de esta fe es el perdón. El mártir muere perdonando.
Sin embargo puede haber fervientes creyentes que mueran entre los mayores tormentos, y perdonando, que podrían ser beatificados o santificados por la Iglesia, pero no considerados mártires, pues fueron sacrificados por sus ideales políticos o patrióticos, o por su condición económica o social, pero no por su fe.
Por eso, más que en las revoluciones, los mártires se dan en las persecuciones a la Iglesia. Y dos de éstas han sido las más importantes y las más sangrientas. La del emperador Diocleciano en el siglo III, y la marxista en España en el siglo XX. Así no puede sorprender que sólo una pequeña parte de las víctimas de los millares de asesinatos producidos durante la II República haya sido incluida entre los mártires por la Iglesia.

NUESTROS MÁRTIRES
Los mártires que en este acto se beatifican “nuestros mártires”, pertenecían en su inmensa mayoría al clero, lo que demuestra que la persecución se dirigía fundamentalmente contra la Iglesia. Esto es cosa sabida, pero no, quizá, que a lo que se perseguía con más saña era a la “iglesia de los pobres”. Y pobres eran las víctimas en el doble sentido: por la extracción humilde de la mayoría de sus servidores y modestia con que vivían, dado la cortedad de sus ingresos; y por dedicar su mayor esfuerzo y principales desvelos a los más necesitados (escuelas, hospitales, orfanatos, residencias de ancianos,...) en una época en que el Estado no cubría las necesidades sociales más elementales.
El mensaje de amor que trasciende de la muerte de todos ellos es impresionante, y en algunos casos tan sobrecogedor que cuando se conocen los detalles resultan imposibles de olvidar. Así, por ejemplo, la muerte de Miguel Díaz, el más joven de los seminaristas de Málaga martirizados, a quien se obligó a llevar sobre sus espaldas al lugar del suplicio a un miliciano que le arreaba como a un burro, haciéndole pasar descalzo sobre brasas encendidas, mientras él en lugar de quejarse cantaba ¡Que viva mi Cristo, que viva mi Rey... ¡. Después le ataron a un olivo y con una bayoneta le clavaron por el estómago en el tronco del árbol, mientras repetía una y otra vez, hasta la muerte: “os perdono como Cristo perdonó a sus enemigos”.
Pero aun más horroroso y cruel fue el suplicio, que uno se resiste a describir, sufrido por el también seminarista, ya diácono, Juan Duarte, que en medio de tan atroces tormentos llegó a la muerte perdonando. Esos son nuestros mártires. ¿Cómo podríamos no sentirnos orgullosos de ellos?.

¿POR QUÉ AHORA?
Muchos políticos y no pocos intelectuales -de los que ellos mismos se denominan “de izquierdas”- presentan, una y otra vez, ante la opinión pública la versión de que existe una clara intencionalidad política en la fecha elegida, teniendo en cuenta la proximidad de las elecciones generales en España, la reciente aprobación de la Ley de la Memoria Histórica, etc., tratando de privar así del respaldo unánime a un acontecimiento que por su alto contenido espiritual y de abnegada generosidad debía servir de orgullo a todos los españoles, creyentes o no.
Afortunadamente no siempre es así, como lo demuestra el luminoso artículo de nuestro embajador ante la Santa Sede, D. Francisco Vázquez (miembro del PSOE), en el que, entre otras muchas cosas de verdadero interés, cita que “... alguna de estas causas se iniciaron en 1960, e incluso una de ellas en 1948, cuando nadie ni pensaba ni buscaba utilizaciones partidistas o políticas...”
Existen otra muchas circunstancias que, una vez conocidas, convencerían al más escéptico de lo injustificado de sus reticencias. Por ejemplo: El derecho canónico tradicional (modificado con Pablo VI) no permitía incoar este tipo de procedimientos hasta transcurridos 50 años de los hechos. La tramitación de estos procesos es tan exigente y laboriosa que es fácil que dure más de 20 años. La programación de estos actos por parte de la Iglesia es muy anterior a los acontecimientos de carácter político, a ella ajenos, sobrevenidos; no puede sorprender por tanto la negativa de la Iglesia a cambiar las fechas de los actos previstos por presiones del poder político español, pues eso sí que sería politizar algo que nada tiene que ver con la política.

¿Y LOS VERDUGOS?
Nunca importó a la Iglesia quienes fueron los verdugos -perdonados de antemano y a los que no suele citar- sino las víctimas. Sus mártires, los testigos de la fe de los que se siente orgullosa.
Por otra parte, en aquella ocasión, ¡hace ya 70 años!, la explosión de odio provocado en una masa pobre e ignorante, envenenada durante casi un siglo por la propaganda y las ideas de los partidos marxistas y de los intelectuales masónicos, se dirigió especialmente contra la Iglesia (antes que contra el capitalismo o la derecha) de la que los templos y el clero eran la representación más visible, como se les había hecho ver. Y así, muchas veces, los autores materiales de tan horrendos crímenes, incitados a ello y sin plena conciencia de lo que hacían, se convertían también en víctimas.
La Iglesia Católica era, es, y seguirá siendo considerada el principal enemigo por el marxismo materialista (que no ha desaparecido en el plano de las ideas) y por el progresismo masónico, quienes lejos de arrepentirse de su responsabilidad en tan dramático pasado lo justifican y se enorgullecen de él.
“Ellos se lo buscaron”, dicen refiriéndose a nuestros mártires, los mártires de todos, los mártires de España. O también, refiriéndose a la explosión de odio desatada contra la iglesia en aquellos días, exclaman con delectación “¡Al fin!”.
Han modificado las formas, pues hoy la sociedad no admite la violencia sobre las personas. Pero los continuos ataques, burdos y blasfemos, a través de los medios de comunicación, libros, exposiciones, etc., contra todo aquello que para los creyentes representa lo más sagrado, amparándose en una ilimitada “libertad de expresión” -que ellos mismos han pretendido limitar ante una inocente caricatura de Mahoma, alegando que agraviaba los sentimientos del Islam- son muestra de la misma decisión de destruir la Iglesia.
En una sociedad que vive de espaldas a Dios, se necesitan nuevos testigos, nuevos mártires que ayudados por el ejemplo de nuestros mártires del siglo XX que ahora se beatifican, sean capaces, sin odio, sin rencor, de quemar su vida en defensa de la fe.

Publicado por adminsevilla @ 21:25
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Publicado por Invitado
sábado, 27 de octubre de 2007 | 23:34
Testimonio sobrecogedor.
¡Vida gloriosa a nuestros mártires!

La persecución religiosa en España, antes y durante la guerra civil, fue la más cruenta y extensa de la historia del mundo, sin parangón en ningún otro pueblo o civilización... Superior, incluso, a las grandes matanzas de los emperadores romanos más siniestros, como Nerón o Domiciano, y a los asesinatos masivos de sacerdotes ortodoxos durante el régimen de Stalin.
Publicado por Invitado
domingo, 28 de octubre de 2007 | 11:38
Aunque sea verdad que ha coincidido en el tiempo con la Memoria Histórica, y que esa no fuera la voluntad de la Iglesia, lo cierto es que deja a los pies de los caballos, la historia de "los buenos" que quería hacernos colar Gregorio Peces Barba en el homenaje a Carrillo, el único genocida europeo que sigue dando doctrina.
Los jóvenes, inundados estos días de relatos de la peor crueldad, tienen ahora, al menos, fundamentos para una duda razonable sobre la "historia oficial"...
Publicado por Invitado
martes, 30 de octubre de 2007 | 19:19
La estrategia de Hitler contra la Iglesia ¿os suena?

Lo que Hitler decía sobre la Iglesia: conversaciones con Hermann Rauschning
Isaac García Expósito- Forum libertas. (extracto)

http://blogs.periodistadigital.com/contracorriente.php/2007/10/30/p122710#more122710