jueves, 12 de julio de 2007
Fundar una Academia Hispana (II)
Lo que pretendo exponer no es solución a nada inmediato, y dada la urgencia en que nos encontramos sonará a puro desvarío, algo muy propio en toda nación sin futuro y en una sociedad cuyos principios de convivencia y de identificación entre los miembros que la componen van camino de quedar literalmente laminados. En sociedades así, sometidas a un proceso de enajenación espiritual y de ausencia de normas morales visibles y respetadas, la utopía, cuando no el puro espejismo, aparece siempre como remedio mágico, aunque de apariencia rigorista y de solución casi aritmética. No pretendo pues apuntar ninguna audacia, siendo mi propuesta no más que ocurrente, azarosa y arbitraria; de escaso ingenio, seguro que nada original, y mucho menos, resolutiva. Sin embargo, como a día de hoy no escuché nada parecido, propongo a quienes piensan mejor que yo, la idea de fundar una academia al margen de toda oficialidad, siendo precisamente ésa su principal ubicación: el alejamiento del malsano, por no decir palúdico pantano de intelectualidad mosquitera en que se ha convertido la educación en España.
Para la enseñanza que en su día acampó y hoy gobierna el mundo educativo de las regiones donde no hay intención separatista, la nación española no existe, gracias al docente que el autodenominado ‘Pensamiento Crítico de la Izquierda’ nos ha regalado, excitado creyente del lisonjero versículo “Mi patria es la libertad”, que dice la Luminosa Farola que el Gran Arquitecto nos colocó en el centro de la plaza; y donde el espíritu de secesión manda, el ‘Pensamiento Crítico’ no tiene un vuelo tan metafísico como el de nuestra Adánica Luminaria, sino concreto y abanderado, y que con fervoroso sentimiento acoge nuestra izquierda liberadora y dicen que española.
Ante un panorama tan poderoso y tan ajeno al interés de la nación, ¿qué cometido tendría esa academia? ¿Puramente doctrinal, o bien por el contrario –y sin menoscabo del ideario de la misma- habría de tener una ambición realmente educativa y sin limitación de campos, tanto científicos como humanísticos y por esto mismo también artísticos? ¿Tendría sentido una academia que en ningún caso iba a ser homologada oficialmente y cuyos títulos expedidos nunca serían convalidados?
Por responder a esta última cuestión: sí tiene sentido, y mucho; porque de lo que se trata no es tanto de expedir títulos homologables oficialmente como de cubrir un hueco que la educación oficial, pública y privada, no alcanza: las clases particulares.
De todos es conocido el bajísimo nivel de la educación primaria y secundaria (o como quiera que las denominen), y no hace falta conjeturar mucho para calcular un considerable número de padres preocupados por esta carencia y que sin embargo no pueden sufragar a sus hijos una educación complementaria a la recibida como obligatoria. Cuando en los años sesenta o primeros setenta se autorizaba a los maestros a impartir clases particulares a sus mismos alumnos, el precio era fácilmente asumible por los padres, y por esto mismo éramos legión los que acudíamos a ellas, siquiera por el sentido práctico de los que entonces eran bastante más que progenitores de no tenernos zascandileando por la calle. No ocurre lo mismo hoy en día, donde las academias son regidas por licenciados que por lo general no han llegado a ejercer la docencia, bien por no salir suficientes plazas a concurso o bien por ni siquiera concursar ante las dificultades crecientes debidas a razones de discriminación lingüística cuando no a descreimiento en la imparcialidad de los tribunales. Estas academias, cada día más extendidas, tienen que cubrir altos costes de funcionamiento con gran limitación de número de alumnos y con un bajo salario para los profesores contratados, provocando en ellos a su vez el bajo incentivo que encuentran en este tipo de ocupación. ¿Ocurriría lo mismo con un profesor que tuviese la posibildad de enseñar a cientos de alumnos, cuya clase pueden repetir éstos cuantas veces quieran, y que si bien no pueden ser atendidos de manera personalizada, precisamente por el hecho de ser tantos los alumnos no sería de gran dificultad que los problemas planteados de forma individual, sumados éstos, lleven al profesor precisamente a tener una idea clara y objetiva del resultado de su clase, y de las reiteraciones y correcciones a realizar de un día para otro, es decir, casi que de una manera instantánea? ¿Cuántos miles de padres quisieran que sus hijos tuvieran un buen manejo oral y escrito de la lengua que en tantas de nuestras comunidades se les niega? Es que incluso se puede ensayar el dar clases de algo tan injustamente menospreciado como la oratoria. ¿Y qué decir de los miles y miles de alumnos que al cursar entudios universitarios de ciencias pierden uno o dos años en adquirir el nivel que se les exige y que la educación secundaria les negó? ¿Y los miles y miles de padres que no disponen de tiempo para llevar de nuevo a sus hijos a clases particulares o los tienen que dejar solos en su casa al cuidado exclusivo de la telebasura?
No sería desde luego una academia más. Es que podría llegar a ser una academia, en muchos sentidos, platónica, donde se formaría a los ciudadanos desde la niñez hasta los treinta años; y que precisamente por no tener que rendir cuentas ante ningún comisariado político, mantedría la total y absoluta libertad pedagógica, tanto en materias como en contenidos. Casi nada. La formación moral, por ejemplo, se podría impartir desde el ámbito religioso elegido por los padres, o bien con una formación moral, que sin ser estrictamente religiosa integre a ésta en una formación moral amplia, no sólo en un sentido historicista, sino doctrinalmente implantada y que aúne las diferentes corrientes éticas y morales habidas desde el mundo clásico precristiano al mundo actual.
Puesto a imaginar puedo ver una academia de vocación totalmente interclasista –por tanto de bajo coste para el alumnado-, muy influyente, si la formación es buena, en el sector privado, aunque también en el público, ya que toda enseñanza que trabaje con sentido crítico sobre una ideología omnipresente tiene un atractivo enorme para cualquiera, puesto que el conocimiento resultante es triple: el conocimiento de la materia a criticar y el conocimiento de la demolición; con el añadido de que no se quede sólo en un conocimiento crítico negativo –que desde un plano puramente intelectual es totalmente válido- sino abiertamente positivo, pues no sólo sería una labor destructiva sino que aportaría conocimientos históricos, culturales y morales realmente positivos frente al relativismo cultural y moral existente hoy y que ya es, de hecho, institucional. Es decir, resumiendo: Una academia crítico negativa a la cultura existente –emulando en esto a toda la cultura progre- pero con enseñanzas tanto ético-morales –para quien las quiera- como científicas, filosóficas, humanísticas y artísticas que completen los estudios, cuando no demuelan –explayémonos- toda la mierda con que anulan y hasta envenenan la conciencia de los niños y los jóvenes de toda edad y condición social. Todo a bajo coste tanto para los alumnos como para quienes deseen emprender esta aventura, por otra parte creo que hermosa, pues pocas cosas puede haber en la vida más gratificantes que dejar en otros los conocimientos que uno tenga.
Si la actual ideología reinante todavía no ha ensayado este tipo de docencia es porque doctrinalmente ya tiene el monopolio de la enseñanza en los ámbitos hasta ahora existentes, y repetirse también en internet no tendría desde luego ningún atractivo para nadie, ni alumnos ni padres. Sí podrían hacerlo en lo que se refiere a clases particulares en asignaturas de ciencias, cubriendo el hueco que ellos mismos realizan en las aulas, al impedir que en éstas se hagan las selecciones de alumnos según el nivel de conocimientos. Ahí pueden presentar alguna competencia a esta academia imaginaria que planteo, pero en el campo de las humanidades no tendrían nada que hacer: ¿qué atractivo puede haber en tener que escuchar en casa las mismas paridas que en clase? Todos los chicos cuyos padres tengan un mínimo interés en que sus hijos reciban una enseñanza de más nivel –siquiera porque al llegar a la universidad se encuentren por encima del mínimo exigido- o bien una educación con diferente orientación doctrinal, totalmente libre, sin que el pedagogo cretino pueda inmiscuirse en nada, son potenciales alumnos de esta academia. Serían miles, pero muchos miles de niños y jóvenes los que acudirían a esa academia.
Y todo esto se me ocurre porque día tras día escucho en la Cope y en Libertad Digital la misma queja. En estos dos espacios no sólo se desgañitan con lamentos sino que ponen su pequeño granito de arena con secciones de historia (por ejemplo en La Mañana de FJL cuando participa César Vidal) o en La Linterna cuando se habla de las incorrecciones lingüísticas más frecuentes. ¿Por qué razón no ser más ambiciosos y robarle a Polanco el papel que sus empresas empezaron a jugar en los años sesenta adoctrinando ya entonces a millones de niños, entre ellos a mí?
Ahora, a diferencia de antaño, no hacen falta grandes inversiones, y el arranque, que siempre es lo más difícil, está garantizado si tenemos en cuenta el prestigio adquirido en los medios de comunicación por personajes que no son periodistas pero cuya influencia es tal que se han convertido en verdaderos líderes sociales, principalmente Jiménez Losantos y César Vidal, sin olvidar gran parte de los que escriben en LD, la Ilustración Liberal o participan en las tertulias: Moa, Marco, Albiac, etc. ¿Qué otra academia encontraría mejores avales?
Es que me voy a permitir incluso las cuentas de la vieja (así me fue en los negocios): 30 euros al mes por 10.000 alumnos son 50.000.000 de pesetas mensuales. ¿Qué cobran los profesores? ¿Cuántos edificios hacen falta para impartir clases particulares a tal cantidad de alumnos? ¿Qué cabrera o zetapenco se atrevería a prohibir esta academia?
Hace ya tiempo que se me ocurrió esta idea, y me extraña mucho que algo tan evidente no se les haya ocurrido antes, aunque a veces es la evidencia precisamente quien más hace por ocultarse. Si es así me alegro de haberla mostrado; y si no, les animo a que insistan en la idea porque realmente puede tener éxito.
Para la enseñanza que en su día acampó y hoy gobierna el mundo educativo de las regiones donde no hay intención separatista, la nación española no existe, gracias al docente que el autodenominado ‘Pensamiento Crítico de la Izquierda’ nos ha regalado, excitado creyente del lisonjero versículo “Mi patria es la libertad”, que dice la Luminosa Farola que el Gran Arquitecto nos colocó en el centro de la plaza; y donde el espíritu de secesión manda, el ‘Pensamiento Crítico’ no tiene un vuelo tan metafísico como el de nuestra Adánica Luminaria, sino concreto y abanderado, y que con fervoroso sentimiento acoge nuestra izquierda liberadora y dicen que española.
Ante un panorama tan poderoso y tan ajeno al interés de la nación, ¿qué cometido tendría esa academia? ¿Puramente doctrinal, o bien por el contrario –y sin menoscabo del ideario de la misma- habría de tener una ambición realmente educativa y sin limitación de campos, tanto científicos como humanísticos y por esto mismo también artísticos? ¿Tendría sentido una academia que en ningún caso iba a ser homologada oficialmente y cuyos títulos expedidos nunca serían convalidados?
Por responder a esta última cuestión: sí tiene sentido, y mucho; porque de lo que se trata no es tanto de expedir títulos homologables oficialmente como de cubrir un hueco que la educación oficial, pública y privada, no alcanza: las clases particulares.
De todos es conocido el bajísimo nivel de la educación primaria y secundaria (o como quiera que las denominen), y no hace falta conjeturar mucho para calcular un considerable número de padres preocupados por esta carencia y que sin embargo no pueden sufragar a sus hijos una educación complementaria a la recibida como obligatoria. Cuando en los años sesenta o primeros setenta se autorizaba a los maestros a impartir clases particulares a sus mismos alumnos, el precio era fácilmente asumible por los padres, y por esto mismo éramos legión los que acudíamos a ellas, siquiera por el sentido práctico de los que entonces eran bastante más que progenitores de no tenernos zascandileando por la calle. No ocurre lo mismo hoy en día, donde las academias son regidas por licenciados que por lo general no han llegado a ejercer la docencia, bien por no salir suficientes plazas a concurso o bien por ni siquiera concursar ante las dificultades crecientes debidas a razones de discriminación lingüística cuando no a descreimiento en la imparcialidad de los tribunales. Estas academias, cada día más extendidas, tienen que cubrir altos costes de funcionamiento con gran limitación de número de alumnos y con un bajo salario para los profesores contratados, provocando en ellos a su vez el bajo incentivo que encuentran en este tipo de ocupación. ¿Ocurriría lo mismo con un profesor que tuviese la posibildad de enseñar a cientos de alumnos, cuya clase pueden repetir éstos cuantas veces quieran, y que si bien no pueden ser atendidos de manera personalizada, precisamente por el hecho de ser tantos los alumnos no sería de gran dificultad que los problemas planteados de forma individual, sumados éstos, lleven al profesor precisamente a tener una idea clara y objetiva del resultado de su clase, y de las reiteraciones y correcciones a realizar de un día para otro, es decir, casi que de una manera instantánea? ¿Cuántos miles de padres quisieran que sus hijos tuvieran un buen manejo oral y escrito de la lengua que en tantas de nuestras comunidades se les niega? Es que incluso se puede ensayar el dar clases de algo tan injustamente menospreciado como la oratoria. ¿Y qué decir de los miles y miles de alumnos que al cursar entudios universitarios de ciencias pierden uno o dos años en adquirir el nivel que se les exige y que la educación secundaria les negó? ¿Y los miles y miles de padres que no disponen de tiempo para llevar de nuevo a sus hijos a clases particulares o los tienen que dejar solos en su casa al cuidado exclusivo de la telebasura?
No sería desde luego una academia más. Es que podría llegar a ser una academia, en muchos sentidos, platónica, donde se formaría a los ciudadanos desde la niñez hasta los treinta años; y que precisamente por no tener que rendir cuentas ante ningún comisariado político, mantedría la total y absoluta libertad pedagógica, tanto en materias como en contenidos. Casi nada. La formación moral, por ejemplo, se podría impartir desde el ámbito religioso elegido por los padres, o bien con una formación moral, que sin ser estrictamente religiosa integre a ésta en una formación moral amplia, no sólo en un sentido historicista, sino doctrinalmente implantada y que aúne las diferentes corrientes éticas y morales habidas desde el mundo clásico precristiano al mundo actual.
Puesto a imaginar puedo ver una academia de vocación totalmente interclasista –por tanto de bajo coste para el alumnado-, muy influyente, si la formación es buena, en el sector privado, aunque también en el público, ya que toda enseñanza que trabaje con sentido crítico sobre una ideología omnipresente tiene un atractivo enorme para cualquiera, puesto que el conocimiento resultante es triple: el conocimiento de la materia a criticar y el conocimiento de la demolición; con el añadido de que no se quede sólo en un conocimiento crítico negativo –que desde un plano puramente intelectual es totalmente válido- sino abiertamente positivo, pues no sólo sería una labor destructiva sino que aportaría conocimientos históricos, culturales y morales realmente positivos frente al relativismo cultural y moral existente hoy y que ya es, de hecho, institucional. Es decir, resumiendo: Una academia crítico negativa a la cultura existente –emulando en esto a toda la cultura progre- pero con enseñanzas tanto ético-morales –para quien las quiera- como científicas, filosóficas, humanísticas y artísticas que completen los estudios, cuando no demuelan –explayémonos- toda la mierda con que anulan y hasta envenenan la conciencia de los niños y los jóvenes de toda edad y condición social. Todo a bajo coste tanto para los alumnos como para quienes deseen emprender esta aventura, por otra parte creo que hermosa, pues pocas cosas puede haber en la vida más gratificantes que dejar en otros los conocimientos que uno tenga.
Si la actual ideología reinante todavía no ha ensayado este tipo de docencia es porque doctrinalmente ya tiene el monopolio de la enseñanza en los ámbitos hasta ahora existentes, y repetirse también en internet no tendría desde luego ningún atractivo para nadie, ni alumnos ni padres. Sí podrían hacerlo en lo que se refiere a clases particulares en asignaturas de ciencias, cubriendo el hueco que ellos mismos realizan en las aulas, al impedir que en éstas se hagan las selecciones de alumnos según el nivel de conocimientos. Ahí pueden presentar alguna competencia a esta academia imaginaria que planteo, pero en el campo de las humanidades no tendrían nada que hacer: ¿qué atractivo puede haber en tener que escuchar en casa las mismas paridas que en clase? Todos los chicos cuyos padres tengan un mínimo interés en que sus hijos reciban una enseñanza de más nivel –siquiera porque al llegar a la universidad se encuentren por encima del mínimo exigido- o bien una educación con diferente orientación doctrinal, totalmente libre, sin que el pedagogo cretino pueda inmiscuirse en nada, son potenciales alumnos de esta academia. Serían miles, pero muchos miles de niños y jóvenes los que acudirían a esa academia.
Y todo esto se me ocurre porque día tras día escucho en la Cope y en Libertad Digital la misma queja. En estos dos espacios no sólo se desgañitan con lamentos sino que ponen su pequeño granito de arena con secciones de historia (por ejemplo en La Mañana de FJL cuando participa César Vidal) o en La Linterna cuando se habla de las incorrecciones lingüísticas más frecuentes. ¿Por qué razón no ser más ambiciosos y robarle a Polanco el papel que sus empresas empezaron a jugar en los años sesenta adoctrinando ya entonces a millones de niños, entre ellos a mí?
Ahora, a diferencia de antaño, no hacen falta grandes inversiones, y el arranque, que siempre es lo más difícil, está garantizado si tenemos en cuenta el prestigio adquirido en los medios de comunicación por personajes que no son periodistas pero cuya influencia es tal que se han convertido en verdaderos líderes sociales, principalmente Jiménez Losantos y César Vidal, sin olvidar gran parte de los que escriben en LD, la Ilustración Liberal o participan en las tertulias: Moa, Marco, Albiac, etc. ¿Qué otra academia encontraría mejores avales?
Es que me voy a permitir incluso las cuentas de la vieja (así me fue en los negocios): 30 euros al mes por 10.000 alumnos son 50.000.000 de pesetas mensuales. ¿Qué cobran los profesores? ¿Cuántos edificios hacen falta para impartir clases particulares a tal cantidad de alumnos? ¿Qué cabrera o zetapenco se atrevería a prohibir esta academia?
Hace ya tiempo que se me ocurrió esta idea, y me extraña mucho que algo tan evidente no se les haya ocurrido antes, aunque a veces es la evidencia precisamente quien más hace por ocultarse. Si es así me alegro de haberla mostrado; y si no, les animo a que insistan en la idea porque realmente puede tener éxito.

