miércoles, 27 de junio de 2007
(Excelente artículo remitido a nuestra dirección de e-mail)

Si hay algo que realmente me llama la atención en el comportamiento del actual Gobierno es, no sólo el uso de la mentira, sino la exhibición de la misma, la arrogancia con que la emplean.
El dicho goebbelsiano es de sobra conocido: “Una mentira repetida cien veces acaba por convertirse en verdad”. Siempre me llamó la atención esta frase tan infinitamente citada, como si describiera una invención y no una tradición. No se me ocurre ninguna etapa de la historia ni de la prehistoria donde la mentira, y su reiteración, no ocurriese. Es más: si el lenguaje oral estaba ya en las especies anteriores a la nuestra (Cro-Magnon, Neanderthal, por ejemplo) como también estaba la agrupación de sus miembros en bandas, no veo razón por la cual la mentira no existiera o se ausentara. Por tanto la mentira es anterior a los hombres; Goebbels tan sólo describió un manejo más práctico para amarrarla a puerto y difundirla.

La mentira o la verdad y la reiteración son indisociables del hecho mismo de hablar. Tan humanas son que incluso nos preceden, siendo nosotros la única especie que posee lenguaje articulado y por tanto la única que puede mentir, no sólo simular. Bien podemos tomar al pie de la letra aquello de “Y en el principio fue el verbo”. Y tanto. Y con él la mentira y cuantas maldades lleve asociadas. Ya Sócrates ironizaba con los dioses de la mitología, diciendo que se les presentaba demasiado humanizados; y no refiriéndose precisamente a su antropomorfismo, sino a la volubilidad, a su sometimiento al arbitrio de los arrebatos más exaltados, incluido el engaño. Quizá Goebbels se animó a esa concreción al constatar lo fácil que a él le resultaba conducir la mentira hasta el éxito, el consumarla, a diferencia de lo que ocurría en tiempos anteriores y nada lejanos, cuando para su difusión la mentira precisaba de la oralidad más que de la imprenta. Sin duda que para difundirla ante un público mayoritariamente analfabeto se requería de la preparación, dominio y vigilancia de un numeroso grupo de oradores, por fuerza heterogéneo y disperso, y por tanto más incontrolable que la linotipia o la radio. (Y es que son tantos los hechos –y las ideas lo son- que en los nazis caminan inseparables de la tecnología). Por tanto a Goebbels le condujo a esa definición la facultad real de mecanizar la mentira, la viabilidad de producir mentiras como una industria con fines políticos; y sobre todo, el constatar el poco esfuerzo que requería. ‘Cien’ puede parecer mucho más de lo que en realidad es. Pensemos que la reiteración es ineludible si se quiere propagar una falsedad. Extender, por ejemplo, una difamación en un grupo compuesto por cincuenta miembros, requiere más repeticiones que las necesarias para propagarlas entre millones de alemanes en tiempos de Goebbels. Por esto cien repeticiones no es nada para el que tiene que propagar la mentira. Sin embargo, el receptor de la misma sí que recibe más reiteraciones de la misma falsedad que el que las oye solamente de viva voz, con la ventaja para el que fabrica el bulo –que, no lo olvidemos, no es el único mentiroso- de que el enunciado inicial de la mentira sufrirá menos tergiversaciones que si tuviera que propagarse sólo corriendo de boca en boca, lo cual con frecuencia chocaría con el proyecto originario.

Goebbels tenía bajo su mando todos los medios de comunicación, lo propio en un estado totalitario. A una nación sometida a un régimen así, y mientras el gobierno todavía conserve fuerza y crédito, le resulta muy difícil identificar la mentira, puesto que no hay posibilidad de contrastar la información que se recibe. No ocurre lo mismo en un país donde existe libertad de expresión. Sin embargo lejos está el país que gozando de la libertad de expresión se vea libre del uso del engaño, de la falsificación de la verdad.
En una sociedad sana –vale lo mismo para cualquier agrupación humana- el mentiroso es apartado del crédito que el resto de los miembros le conceden, salvo que esos mismos miembros del grupo, o una parte, estén necesitados de una coartada para perseguir un fin inconfesable ansiado por ellos. En este caso, la verdad conocida por todos los que usan la falsedad a sabiendas queda en demora, a la espera de que se ejecute el fin perseguido mediante el uso de esa mentira. Con frecuencia esa demora desaparece si la mentira cumplió con el objetivo buscado, pasando la mentira a convertirse en verdad o sencillamente pasando al olvido voluntario de quienes la usaron. Todo esto ocurre cuando quienes usan la mentira a sabiendas tratan de convencer y poner de su lado a quienes desconocen la verdad.

Sin embargo –y es aquí adonde quería llegar- ¿qué ocurre si una vez puesta en marcha la mentira sus promotores no logran hacerse con el número suficiente de partícipes al no poder sumar un porcentaje significativo de todos aquéllos que ignoran donde está la verdad, y más aun si quienes denuncian la mentira y a sus autores crecen día a día? El peligro para quienes usaron la mentira puede ser enorme, porque la argumentación se les viene abajo y sus adversarios tendrán de su parte la fuerza moral que da poseer la verdad, (aunque ésta no será nada si no va acompañada de una fuerza exterior a la verdad misma y que la presente como capaz de salir del ámbito del diálogo cuando éste se encuentra viciado de origen). En ese caso no encontrarán otra solución mejor que multiplicar el ejercicio –no ya de la mentira, que ha quedado en evidencia- sino de las mentiras más indiscutibles. Por esto mismo multiplicarán las mentiras más evidentes de manera clara y constante tratando de cerrar filas con los participantes en la mentira inicial, a quienes no extrañará en absoluto comulgar con el uso de nuevos engaños. Se trata de no perder terreno, no en la dialéctica del debate, sino en el ámbito del poder frente a los que defienden la verdad; y cuantas más mentiras se añadan más cohesionado estará, y más osado será el grupo –pues se exhibe mintiendo- que participa de ellas, a la manera como los miembros de un banda de delincuentes se solidarizan entre ellos cuantos más delitos cometen. Por esto mismo si los delitos no son suficientes para mantener unido al conjunto, conviene seguir delinquiendo a la vista de todos los miembros de la banda para que el cierre de filas sea más resistente y se impermeabilice frente al conjunto o los conjuntos de ciudadanos ajenos a él. Si además el oponente muestra debilidad, entonces poco importa seguir mintiendo a la vista de todos; al contrario, conviene y mucho.

Asunto diferente es cuando la propia estructura de la asociación se viene abajo. De hecho la multiplicación de la mentiras flagrantes se realiza como mecanismo de huida hacia delante, de ganar todo el tiempo posible en busca de un cambio de orientación en la conciencia de toda la sociedad, incluidos los adversarios; un cambio que sea tan determinante, que denunciar las mentiras pasadas quede a la vista de todos como ejercicio superfluo ante la ineludible reorientación de los comportamientos a seguir tras la aparición de unos hechos tan distintos a los precedentes como ineludibles; por ejemplo, la aparición de un cambio de régimen político.

A día de hoy la inmensa mayoría de los españoles saben donde buscar las informaciones contrarias a las tesis gubernamentales. No sirve de excusa decir que creen al Gobierno, porque a la vista de todos está que el Gobierno hoy dice una cosa, mañana la contraria y pasado una tercera que no tiene nada que ver con las otras dos, y, por descontado, en todo momento conjura la contradicción llamando mentiroso al oponente. Todos sin excepción lo vemos, y vemos también cómo una parte significativa de ciudadanos comulga con los gobernantes en distribuir la mentira o haciendo como el que nada oye. No voy a extenderme poniendo ejemplos, es suficiente con observar lo ocurrido en estos tres años, tanto en el asunto de la masacre del 11-M (caso paradigmático el de Pilar Manjón) como en el falso “Proceso de paz” llevado a cabo con los separatistas vascos. Dos agentes de la mentira son los actores más destacados: un abogadito hipocritón que pone caritas de niño bueno y a quien nadie contrataría para defender pleitos personales, y un redomado cínico que exhibe a diario su capacidad de mentir y al que han puesto al frente de la seguridad del Estado. Del primero cabe decir que sus acólitos o votantes ven en él una especie de tótem o talismán contra la violencia de lo evidente: la inmigración (convertida ya en invasión de mendigos), la crisis económica latente, el descrédito de las instituciones, la trituración de la unidad nacional; y del segundo ven la manifestación del pecado mayoritario de los españoles, oriundo de nuestra decadencia imperial, y practicado con más esmero que nadie por quienes reniegan de la misma nación: la de creer que no existe más grande manifestación de la inteligencia y de la valentía que la malicia y su alarde; en este caso, la mentira y su exhibición. Es posible que haya más casos en el mundo; es posible, no lo sé. Pero en cuarenta y seis años que tengo no vi nada parecido ni siquiera en mis tiempos de cotidiana comunión tabernaria dignos del mayor de los olvidos.

Que nadie se engañe con lo que tiene delante. Podrán buscarse las causas y los posibles remedios, y malo sería que no fuera así, siquiera por no acabar también enlodados; pero lo que hay al frente de la nación no es más que la común excrescencia de nuestros nacionales convecinos cuando ven, oyen, leen, reflexionan y votan. No os engañéis creyendo que sólo por culpa de los periodistas y de los políticos una legión de mentirosos se haya instalado al frente de los destinos de España; no. Os equivocaríais si así lo creyeseis, porque La Banda gubernamental no es otra cosa que fiel reflejo de las creencias de nuestros vecinos. No os engañéis ignorándoles ni odiándoles, no os comportéis como unos hijos de Maruja Torres cuando refiriéndose a los votantes del PP en las penúltimas elecciones municipales dijo que miles de españoles se habían manifestado contra la guerra de Irak pero millones de “hijos de puta” se habían quedado en casa y habían votado a la derecha. Pensad sólo de qué manera vaciar el pozo negro donde descomen cada cuatro años y la manera de evitar más cómplices en la mentira, porque tan mentirosos son algunos, que encima de levantar la tapa de la fosa séptica, te hablan de Zapatero como el que huele una rosa.

Confieso que por alejar de mí tanto el odio, siempre estúpido, como la absurda indulgencia, comienzo a entender la vida en dos vertientes: en la mecánica de Espinosa o en algo tan profundamente español como el realismo ficticio: el esperpento. Madre mía cuánta leña desaprovechada para las chimeneas de Valle-Inclán y Quevedo con esta nueva “Corte de los milagros”, de este final de la segunda Restauración borbónica y sus satélites.

Publicado por adminsevilla1 @ 11:53
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Publicado por Invitado
miércoles, 27 de junio de 2007 | 14:42
Ni por lo más remoto penseis que muchas personas van a dejar de creer las mentiras del gobierno. Hay muchas bocas agradecidas y muchos que viven con puestos de trabajo dados a dedos y muy bien pagados. Hasta que eso no acabe, no hay nada que hacer. Además ¿ Por qué le interesa a este gobierno que los niños y jóvenes salgan incultos y sin valores ni con capacidad de razonar y pensar por sí mismos? Pues porque así son más manejables, más manipulables, más destrozados por drogas y otras cosas que no benefician al ser humano como personas. Conchita