Hace unos días fui a la estación de autobuses de Granada y, mientras
esperaba el autobús, comí en el bar de la estación. En este bar hay un
espacio muy grande con mesas y otro pequeño espacio arrinconado segregado
del resto. Cuando vi aquello salté de alegría, cogí mi bandeja de comida y
salí apresurado hacia el lugar segregado: ¡qué maravilla, un lugar para no
fumadores! Hasta que no llegué a coger el pomo de la puerta no me di
cuenta... qué barbaridad, la gente del interior del lugar segregado estaba
fumando. Claro, a quién se le ocurre pensar que el lugar segregado es para
los que no molestan con el humo. Algo parecido ocurre con los carriles bici
y las acera bici, las vías ciclistas segregadas.
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