Hicimos mil kilómetros desde Sevilla para ofreceros nuestra solidaridad, el respeto que merecéis porque no se puede pedir más generosidad a quién ha dado sus hijos, sus brazos, o su lucha constante por la libertad. Nunca hablamos de esos viajes, y van siete u ocho en apenas dos años.
La madrugada escasa, que siempre nos desalienta ver qué pocos somos y qué mayores. Pero luego, nos reconocemos, nos miramos, somos los de siempre, los insumisos, los que no renunciamos. Desde que tenemos conocimiento de nosotros mismos, desde que abandonamos la bolsa de canicas de nuestra infancia, luchamos por la libertad de España. Los totalitarios, señoritos franquistas de antes, señoritos sociatas de ahora, siempre nadan sobre la nata podrida mientras, frenéticos y ya con tantas canas y cicatrices, intentamos limpiarla. Somos la rebelión cívica, nos decimos a la altura de Despeñaperros. Y alguien cuenta un chiste y otro canta. Vamos a engrosar juntos una cifra que nunca será la verdad, a nosotros nadie nos tiene en cuenta. Con el desayuno destemplado o el bocadillo rápido de la carretera, se discuten los problemas de España.
En cada paso de esta larga protesta por nuestra Dignidad, por nuestra Memoria, nos decimos que, mejor o peor, este Estado de Derecho es nuestro legado para los que no han venido con nosotros, nuestros hijos. Que no queremos la ruptura, que no queremos la disolución en la nada de la nación más antigua del orbe. Que aún creemos en la igualdad de oportunidades, en la solidaridad de los que más tienen con los que menos, que el derecho a la vida, ¡la vida!, es más sagrado que todas sus proclamas.
Y en las lindes de Madrid, o ya enfilando la valla del Retiro frondoso, cada cual cuenta sus heridas y dónde los tuvo más cerca, que los encapuchados a todos nos han rozado y nosotros somos un carro con más de mil muertos que no están solos. Y bajamos del autocar nuestras banderas: constitución, unidad frente al terror, justicia. Ya estamos junto al Almirante que comenzó a repartir la civilización y esta lengua, que como dijo Juan Pablo II es el idioma de Dios, que en español se hicieron los hombres iguales entre sí y trascendentes.
No estáis solos.
Volveremos cuanto haga falta. Todos somos víctimas. Arriba, se preparan los esponsales de la rosa y la serpiente, que los asesinos múltiples están invitados al convite con el que celebrar la muerte de la democracia. Pero, miren, cientos de miles de nosotros una vez tras otra, estamos aquí porque somos la Resistencia. A poco que podamos, no habrá tal celebración del aquelarre del horror. A poco que podamos no habrá más champán para celebrar el dolor de nuestros huérfanos.
Toñi, Teresa, Mario, Jose, Mercedes… No estáis solos.