jueves, 15 de febrero de 2007
Érase una vez un alcalde
Érase una vez un alcalde a su cargo pegado. No era un alcalde cualquiera, era más que eso, Érase un alcalde superlativo, Érase un arboricida sierra en mano. Érase un gobernante con mucha obra sin ton ni son, y sin principio ni fin.Érase un alcalde barbado de aspecto abellotado de cuerpo y faz. Un alcalde que decía tener talante, y, de momento, no ha demostrado ni talante ni talento, ni nada de eso, sólo ha demostrado que es un intolerante.
Prometió el oro y el moro y, cierto es, al moro le obsequia con la colosal mezquita de Los Bermejales, pero del oro...Tras ocho años, sólo ha dejado las arcas vacías, el centro sin árboles, los parques sucios e intransitables, y la Ciudad llena de obras, que se saben cuando han comenzado pero que estamos lejos de saber cuando acabarán.
Érase un alcalde a su cargo aferrado, un alcalde viajero, un alcalde que lo mismo lo veiamos un día en San Sebastián que otro en Tokio.
Érase un alcalde desprendido: un día fotocopiando facturas en La Macarena, otro repartiendo dinero entre sus asociaciones de vecinos.
Érase, érase, tantas cosas pero ninguna de las que debía de ser un buen alcalde.
Prometió el oro y el moro y, cierto es, al moro le obsequia con la colosal mezquita de Los Bermejales, pero del oro...Tras ocho años, sólo ha dejado las arcas vacías, el centro sin árboles, los parques sucios e intransitables, y la Ciudad llena de obras, que se saben cuando han comenzado pero que estamos lejos de saber cuando acabarán.
Érase un alcalde a su cargo aferrado, un alcalde viajero, un alcalde que lo mismo lo veiamos un día en San Sebastián que otro en Tokio.
Érase un alcalde desprendido: un día fotocopiando facturas en La Macarena, otro repartiendo dinero entre sus asociaciones de vecinos.
Érase, érase, tantas cosas pero ninguna de las que debía de ser un buen alcalde.

