jueves, 21 de diciembre de 2006
Son los que salieron de España, pero no huyendo de Franco sino de la zona que hoy llamamos “republicana” (había republicanos en ambas zonas, obviamente) y que durante la contienda se llamó “zona roja”.
Aquellos exiliados de conciencia, de arraigadas convicciones católicas pero libres de pensamiento, que no coincidían con Burgos pero a los que la vida se había hecho insoportable en Madrid. Fue el caso de Severo Ochoa, de José Castillejo –alma mater de la Institución Libre de Enseñanza-; de los poetas Pedro Salinas y Juan Ramón Jiménez, pensadores como Américo Castro, Xavier Zubiri y Salvador de Madariaga, escritores como Baroja, Benavente o Azorín y tantos otros nombres, quizá en la actualidad más desconocidos pero de gran importancia y erudición: Jiménez Díaz, García Morente, Rafael Altamira, Sánchez Román, Flores de Lemus, Teófilo Hernando, Pittaluga, Blas Cabrera, Xirau, Carlos Soldevila, José María de Sagarra, Sebastián Miranda, Zaragüeta o Asín Palacios. No constituían un colectivo homogéneo, eran hombres de muy diferente manera de pensar, pero coincidentes en la ilusión de la España ilustrada y europea, tolerante y laboriosa, que habían ido construyendo trabajosamente desde la conmoción y el pesimismo del 98, y a la que, de repente, expulsaba de su propio país la ferocidad de las dos Españas, de los extremos luchando entre sí a muerte. Pero de este exilio, ¿quién quiere hablar?
El historiador Sánchez Albornoz, católico y republicano de Azaña, era embajador de la República en Portugal al estallar la guerra. Cuando el gobierno de Salazar rompió relaciones con Madrid, Sánchez Albornoz no volvió a España, sólo lo hizo fugazmente un año después para oír de los labios del propio Azaña que la guerra estaba perdida, pero que si por milagro se ganase, los republicanos como ellos tendrían que irse en el primer barco que saliera de España empujados por el hipotético vencedor, Stalin, hacia el exilio. También le aconsejó su renuncia a Dios. Sánchez Albornoz no esperó, aunque con el tiempo llegase a ser jede del gobierno fantasmal de la República en el exilio.
Algunos de estos intelectuales –caso de Ramón Menéndez Pidal, Juan Ramón Jiménez, Marañón, Ortega y Gasset, Pérez de Ayala- abandonaron su país después de haber firmado, el 30 de Julio de 1936, un manifiesto de solidaridad con “el Gobierno de la República y del Pueblo” en las condiciones que aclararon tanto Marañón como Ortega en cuánto tuvieron oportunidad de hacerlo. Lo firmaron “pistola al pecho”, dice el primero, quien también publicaría a fines del 37 el más vigoroso alegato contra la dictadura de la España “roja”, calificativo que repite en el relativamente breve texto más de veinte veces; y Ortega denunció el contraste de que “mientras en Madrid los comunistas y sus afines obligaban bajo las más graves amenazas a escritores y profesores a firmar manifiestos, cómodamente sentados en sus despachos o en sus clubes y exentos de toda presión algunos de los principales escritores ingleses firmaban otro manifiesto que garantizaba que los comunistas y sus afines eran los defensores de la libertad”. Ambos tenían a sus hijos combatiendo del bando nacional.
Muchos no volvieron como Manuel de Falla –que no pudo salvar a Lorca de los suyos y tampoco quedarse, amenazado de muerte por los otros- y muchos tampoco lo tuvieron fácil para volver. La primera posguerra y la primera España victoriosa fue cicatera, recelosa y mezquina con ellos. Ramón Menéndez Pidal sólo pudo regresar amparado en la generosidad de José María Pemán. Fue asimismo el caso de Azorín -que no pudo volver a escribir en los periódicos “por tránsfuga”-, de Jacinto Benavente –cuyas obras se prohibieron en los 40 por su firma al manifiesto de adhesión a la República- y Ramón Gómez de la Serna. Aunque uno de los más penosos fuese el caso de Zubiri, el primer filósofo español de nuestro tiempo, que no consiguió el reingreso en su cátedra ni que se utilizase sus servicios en ningún organismo oficial. Pero quizá ninguna historia tan dramática como la de García Morente, ordenado sacerdote después de haber sido el más típico representante del pensamiento laico de su época. No se lo perdonó la izquierda, que lo borró implacablemente de sus listas, y borrado sigue, ni le entendió la derecha, que no supo utilizarle para la misión de puente entre la verdad cristiana y la filosofía moderna, a la que parecía llamado. Y es que, como escribiría Julián Marías, “no bastaba con ser católico, sino había que ser católico español”.
Una relación de los nombres que quedaron en el “páramo”, en el llamado exilio interior, sería interminable: poetas (Vivente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Manuel Machado); novelistas (Agustín de Foxá, Zunzunegui); ensayistas (Laín Entralgo); profesores (Tovar, Entrambasaguas); juristas (Joaquín Garrigues, Luis Díez del Corral, José Antonio Maravilla, Luis Jordana de Pozas, Conde); economistas (Carande); sociólogos (Aznar); autores teatrales (Eduardo Marquina, Jardiel Poncela, Escobar). O aquella escuela de humoristas que acometerían ese ejemplar instrumento de “desinfección” nacional que se llamó La Codorniz (Mihura, Alvaro de la Iglesia, Tono, Herreros, Edgar Neville, Antonio Mingote…)
La democracia comenzó su construcción a partir de ellos y la creación cultural y el pensamiento fueron posibles en aquella España gracias a sus dolorosas peripecias personales. No podemos pagarles con el Olvido Histórico de una Memoria sesgada y huera.
viernes, 22 de diciembre de 2006
Publicado por Invitado @ 0:59
Me parece interesante y oportuno este artículo, ahora que el Gobierno ha llevado al Parlamento una Ley de Memoria Histórica que reivindica hechos y personajes de una determinada época de la vida española, de acuerdo con su visón tan parcial y sectaria como resentida.
Apabulla ver juntos tantos nombres de librepensadores represaliados o coaccionados por aquella izquierda que ahora pretenden enaltecer. Lástima que entre esos nombres no puedan figurar los de otras personas desaparecidas en la "zona roja" de la Guerra Civil, como los intelectuales Ramiro de Maeztu y Pedro Muñoz Seca, el ingeniero Ricardo de la Cierva y Codorníu, los tres asesinados en 1936 en Paracuellos del Jarama, y el piloto de aviación Julio Ruiz de Alda, ejecutado en 1937 en los calabozos de la Cárcel Modelo de Madrid.
Conservemos su memoria, la memoria imparcial y honesta.
sábado, 23 de diciembre de 2006
Publicado por Invitado @ 2:04
Sólo quería deciros a las dos personas que lleváis este blog que sois los sevillanos más lamentables que (no) he conocido en mi vida.
Además de ser fachas derechistas que a buen seguro escriben esto de cara al sol que les guía, sois totalmente ruhínes con vuestras palabras.
Por si fuera poco, os creéis la voz del pueblo sevillano, con frases como "Los sevillanos queremos..." y similares.
¿Los sevillanos queremos? Ande vas, so pringao. No podéis poner en boca de la gente vuestra forma de pensar, manipulando la opinión de aquel que casualmente lea este ridículo blog. Digo casualmente porque a menos que, como yo, llegues buscando algo de criterio y opinión formada nadie se molestará en leer más de dos líneas.
Yo he leído dos post, y alguno más, y no he podido resistirme.
Lo dicho, dais pena como bloggers, como sevillanos, y como personas.
Ahí os quedáis.
Atentamente, un sevillano en condiciones...
domingo, 24 de diciembre de 2006
Señor "Invitado":
Si Vd. usara como es debido la lengua castellana caería en la cuenta es que el término "facha" se usa actualmente para expresar "intolerancia en gado máximo".
Pues bien, los artículos de este blog se expresan las opiniones de los sevillanos que los escriben y, estén los lectores de acuerdo o no, se argumentan sus exposiciones.
Y no solo eso, cualquier opinión que los lectores escriban aquí se mantendrá sin censuras salvo que exceda el mal gusto o viole la legalidad vigente. Nosotros no aplicamos la censura previa como en tanto blog progre del ciberespacio.
Vd. en cambio se permite opinar por dos artículos leídos (?), únicamente usando términos zafios y groseros y no dando ninguna explicación de su desacuerdo.
(sigue en el próximo "post"

domingo, 24 de diciembre de 2006
(Continúa del post anterior)
Vd. no argumenta, solo descalifica e insulta, en definitiva Vd. es un intolerante en grado máximo o sea que VD. SI ES UN VERDADERO FACHA.
Incluso llega a descalificamos como seres humanos al final de su escrito. O sea que Vd. comparte ideología con todos los movimientos nazionalsocialistas, que ahora se alían con los progres y que, una vez despojan a los seres humanos de su condición mas esencial, justifican los mas graves atropellos.
Que con su pan se lo coma. Y dígale a quien le ha enviado, está claro quien, que se la envaine que la libertad de expresión no nos la vais a quitar por mucho que rebuznéis.
Atentamente:
Un ciudadano de Sevilla